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NEGOTIATING ACROSS CULTURES
Raymond Cohen
Capítulo Tercero
Disonancia
Intercultural
Un Marco
teórico
Hasta ahora, he sugerido que la negociación intercultural puede
ser propensa a malentendidos. Ciertos testimonios confirmatorios
iniciales han sido ofrecidos. Pero antes de proceder al material
empírico que es vital para mi caso, sería útil presentarle al
lector un análisis más sistemático de la comunicación
intercultural sugiriendo por qué la disonancia debe ocurrir del
todo. Para este propósito usaré un modelo particularmente útil
propuesto por Lorand Szalay. Con muy pocas modificaciones puede
proveer un fondo teórico para mi estudio. Si es aceptado el que
una interacción comunicativa- el intercambio de mensajes, o
propuestas, para ser más exactos- yace en el corazón de la
negociación, entonces la negociación pueda ser considerada como
un caso especial de comunicación. Por lo tanto, los obstáculos
para la comunicación en general pueden constituir impedimentos a
una negociación en particular.
El Modelo Szalay
El punto de partida de Szalay es la diferencia entre la forma o
código en el cual un mensaje es enviado, y su contenido o
significado. La tecnología comunicacional moderna, con su
vocabulario mecánico (como bits o paquetes de información),
puede llevar a la tentadora pero desorientadora conclusión que
la comunicación simplemente involucra la transferencia de datos
duros e indudables (como bolas de Billar) de un emisor a un
receptor. De acuerdo a esta analogía, el factor principal más
probable que afecte la comprensión es la calidad física del
mensaje: ¿Es la recepción afectada por el “ruido” de la línea?
¿Se ha perdido alguna parte del mensaje en la transmisión?
El problema con esta metáfora es que se pasa por alto el
problema de decodificar, de pelar la capa externa del mensaje
para revelar su significado interno. Asumamos que un mensaje ha
sido transmitido exitosamente de un extremo y recibido de otro,
sin pérdida de información y sin ruido que confunda el asunto.
¿Está completa la comunicación? Por supuesto que no. Una vez que
un mensaje ha sido recibido físicamente, aún ha de ser
comprendido -y la comprensión es un asunto psicológico y no
mecánico. Entre los seres humanos, a diferencia de computadoras
y radios, lo difícil está en determinar si el receptor es capaz
de discernir las ideas contenidas en el mensaje, la intención
detrás de las palabras.
Después de todo, Szalay señala, “La idea en sí no viaja en
realidad, sólo el código; es decir, las palabras, los patrones
de sonido o de imprenta. El significado que una persona le
asigne a las palabras recibidas vendrán de su propia mente. Su
interpretación es determinada por su propio marco referencial,
sus ideas, intereses, experiencias pasadas, etc. - tanto como el
sentido del mensaje original es fundamentalmente determinado por
la mente del emisor, su marco referencial.” (p.135)
Para que un mensaje sea comprendido correctamente debe haber
suficiente similitud, si no identidad, entre la intención del
emisor y el significado que le atribuye el receptor. Puesto de
otra manera, el contenido codificado por el emisor debe ser
consistente con el contenido decodificado por el receptor. Si
las personas involucradas son capaces de concluir en
suposiciones semánticas similares, si ambas usan el mismo código
para convenir en cierto significado, entonces podrán comunicarse
exitosamente entre ellas. “Ya que el emisor y el receptor son
dos individuos separados” continúa Szalay, “sus reacciones
tienden a ser similares sólo en la medida que compartan
experiencias, que tenga marcos referenciales similares. Mientras
más diferentes sean, habrá menos isomorfismo entre en contenido
codificado y decodificado” (p.136).
Szalay ahora llega a su propuesta clave, que también es crucial
para mi propio argumento: para que haya una comprensión real
-una comunicación verdadera en el sentido normativo del término-
las partes involucradas deben ser capaces de basarse en
suposiciones semánticas análogas. Y esta habilidad ocurre
óptimamente dentro de los límites de una cultura común. Ya que
la mayor parte de la comunicación ocurre efectivamente dentro de
una comunidad dada, esta condición usualmente se sostiene. Esto
no equivale a decir que todo el mundo dentro de una cultura
particular debe poseer una visión idéntica de la vida; dentro de
cualquier comunidad muchos factores contribuyen a la formación
de un léxico individual de significados subjetivos. Sin embargo,
una relación íntima con una cultura presupone familiaridad con
una amplia gama de posibles variaciones subjetivas -“Estilos de
vida alternativos”- sobre el tema dominante.
Dentro de una sociedad dada, como cualquier maestro sabe, es
difícil alcanzar detrás de las restricciones imaginativas de
generación y clase. Cuanto más difícil es comunicarse a través
de límites culturales, donde no hay compatibilidad orgánica
entre los marcos referenciales y las suposiciones semánticas
entre emisor y receptor. Los extraños culturales se apoyan en
experiencias no compartidas de familia, iglesia, escuela,
comunidad y país. Sus historias nacionales, tradiciones, y
sistemas de creencias pueden o no coincidir. Cuando se comunican
no hay garantía de que los significados codificados por uno y
decodificados por otros estén relacionados. En palabras de
Szalay: “Los significados culturales son básicamente
significados subjetivos compartidos por miembros de un grupo
cultural particular. Las personas en cada país del mundo
desarrollan sus propios intereses, percepciones, actitudes y
creencias, que forman un marco referencial característico dentro
del cual organizan e interpretan sus experiencias de
vida…Diferentes experiencias culturales producen diferentes
interpretaciones no mostradas en diccionarios convencionales"
(pp.140-41).
Para ilustrar este punto, Szalay muestra como exámenes
espontáneos de asociación de palabras descubren los significados
culturalmente atribuidos por los Coreanos y los Americanos para
la palabra “corrupción”. Para ambos grupos la palabra tiene
connotación negativa. Pero en un nivel mucho más sutil la
palabra evoca asociaciones muy diferentes para ambas partes.
Para los americanos, la corrupción implica un comportamiento
inmoral y criminal. Para los Coreanos, Szalay demuestra, la
corrupción no es considerada moralmente incorrecta, aunque sí
aceptan que sus consecuencias sociales son desafortunadas. La
explicación de esta distinción crítica reside en las diferentes
concepciones del servicio público. En Estado Unidos un servidor
civil se supone que debe ser imparcial, no recibir sobornos, y
atender a toda la comunidad. En Corea, es aceptable que uno de
regalos a oficiales que tienen obligaciones con amigos y
familias que van primero que cualquier obligación abstracta a la
sociedad. Cuando los americanos y los Coreanos hablan unos con
otros de corrupción, por consiguiente, son incapaces de adjuntar
el mismo rango de significados a la palabra, aunque sea
correctamente traducida. La divergencia no es accidental: es una
consecuencia lógica de los diferentes marcos referenciales
culturales dentro de los cuales el mundo se encuentra.
En el área de la negociación diplomática, el potencial para la
disonancia inherente en la comunicación intercultural encuentra
su expresión más sostenida. No en la simple conversación sin
mediación del turista y el local, sino en el complejo y
sostenido intercambio de propuestas sobre el tiempo, recubiertas
por capas de confusas consultas entre agencias, supervisión
política, y omisiones de los medios y de la legislación. En toda
etapa de la negociación existe la posibilidad de un
malentendido, sea del procedimiento, el contenido, o el entorno
institucional. ¡Es un milagro que se logre algún tipo de acuerdo
del todo!
Los ethos individualista e interdependiente
Para aplicar y extender el modelo Szalay al problema específico
de la negociación intercultural entre los Estados Unidos y las
sociedad no occidentales hemos establecido una matriz de
antinomias transculturales (contradicciones) relevante al
encuentro diplomático. Un buen sitio para comenzar es la
antítesis fundamental insinuada en la discusión de Szalay sobre
la corrupción: Esa entre el ethos individual y colectivo o
interdependiente. Geerte Hofstede, en su estudio enciclopédico
de la influencia de la cultura nacional en la gerencia, provee
evidencia considerable para sugerir que muchos aspectos del
comportamiento organizacional pueden ser agrupados (“loaded”)
alrededor de dos polos. Harry Triandis también ha escrito
extensivamente sobre la dicotomía, demostrando su aplicabilidad
práctica en el entrenamiento y en otros contextos.
(Yo inmediatamente admito que la siguiente estructura descuida
las diferencias considerables dentro de las categorías de
culturas interdependientes. No se sugiere que esta clasificación
rígida y simplista tenga validez fuera del contexto de este
análisis. Obviamente, al analizar las varias diferentes culturas
en su propio derecho uno desearía presentar un cuadro mucho más
variado y completo, a la vez de insertar muchas reservaciones y
matices. Pero cuando los impulsos individualistas americanos y
los colectivos no occidentales se enfrentan a través de la mesa
de negociación, hay suficientes disonancias recurrentes y
características como para sugerir la existencia de una brecha
sobre la cual es útil y posible generalizar).
El énfasis americano sobre el individualismo está, como Edward
Stewart señala, tan profundamente sembrado que los americanos
raramente lo cuestionan. Pero el énfasis en lo individual es una
ética excepcional, más que universal. El individualismo se halla
asentado en el concepto protestante de la predestinación, que
emergió en el norte de Europa en el momento de la Reforma y
garantiza la salvación a una elección predeterminada a la que se
le ha concedido el regalo de la gracia divina. Ya que la
salvación es garantizada y es incondicional, no hay necesidad de
los servicios de intervención de una autoridad sacerdotal. Los
individuos moralmente autónomos, los individuos escogidos sólo
necesitan acudir a sus propias conciencias y a su lectura
personal de las Sagradas Escrituras para la guía por el camino
correcto y verdadero.
Las culturas individualistas de las cuales los Estados Unidos es
el paradigma, sostienen a la libertad, al desarrollo de la
personalidad individual, la expresión personal, y a los
proyectos y logros personales como valores supremos. Los
derechos individuales, no las obligaciones a la familia o a la
comunidad, son supremos. La afiliación con un grupo o proyecto
está basada en una elección personal. Típicamente, miembros de
culturas individualistas pertenecen a muchos grupos y
asociaciones diferentes, cada una enriqueciendo una faceta
diferente de la vida profesional, religiosa y recreativa. Las
relaciones personales comprenden todas estas áreas de actividad.
Los colegas, amigos y correligionistas tiene su sitio separado
en los mosaicos cambiantes de la vida. La movilidad es preciada,
y si un ambiente social pierde su encanto, el ciudadano
individualista va a otra parte.
La igualdad es la ética prevaleciente en la sociedad y en la
política. El status es adquirido, no heredado. La autoridad es
una función de oficio y, aunque respetada, puede ser cuestionada
libremente. Los derechos y deberes, son definidos por ley, no
por atribución. El contrato, no la costumbre, prescribe la
obligación legal del individuo hacia una transacción, rol o
curso de acción. Así mismo, el conflicto es resuelto por medio
de la corte en vez de por opinión grupal o por métodos
conciliatorios informales. El litigio es frecuente. La
aproximación adversarial al debate, en la cual ambos lados
defienden sus argumentos sobre unas bases iguales, ordenando sus
argumentos de una manera lógica y persuasiva, es ubicua en
política, educación, negocios, y en realidad siempre que las
opiniones difieran.
Por supuesto el individualismo, particularmente su estímulo a la
movilidad y a la iniciativa personal, ha probado ser altamente
funcional y adaptable para la apertura y el desarrollo en los
Estados Unidos. Su flexibilidad y franqueza también le permitió
a la nación absorber la inmigración en una forma en la cual
ninguna sociedad colectivista, limitada por una jerarquía y una
tradición, pudo haberlo hecho. Finalmente, las dimensiones
económicas y políticas del individualismo (el mercado libre y la
democracia representativa), que fueron importadas de la
Ilustración europea y que fueron tan eficaces desatando los
recursos naturales de la nación, se han transformado en
imperativos categóricos ideológicos. Su éxito demostrable ha
convencido a los americanos de la aplicabilidad universal de su
estilo de vida y su deber de propagar sus beneficios alrededor
del mundo.
El ethos interdependiente, ejemplificado por los estados no
occidentales examinados en este estudio, refleja suposiciones
bastante diferentes sobre las relaciones entre las personas y la
sociedad. Sus orígenes han de buscarse en el predominio
histórico de la comunidad de la villa rural (y la necesidad de
asociación en las actividades de cultivo e irrigación); la
primacía de la familia extendida, el clan, o casta; y formas
rígidas y estratificadas de organizaciones religiosas. El
concepto de una relación personal, sin intermediarios entre el
ser humano y la divinidad es incomprensible en este contexto. La
ética colectivista tiene al bienestar del grupo y al esfuerzo
cooperativo como sus temas guías, y subordina los deseos y
aspiraciones individuales a ese motivo de fondo. De hecho, el
individuo es identificado con bases a la afiliación grupal y las
necesidades individuales están definidas en términos de
intereses comunales.
La imagen (la posición de uno ante los ojos de un grupo) debe
ser preservada a toda costa. El deshonor (la pérdida de la buena
fama) es un destino peor que la misma muerte. El honor de la
familia tiene prioridad equivalente; el nombre de una familia es
sagrado. En la sociedad cara a cara, donde todas las
transacciones son personales y el anonimato no es una opción,
ninguna humillación es olvidada. Porque la separación social
causada por la pérdida de imagen tiende a ser severa -en algunas
de estas sociedades el feudo es todavía endémico- y han
evolucionado mecanismos sofisticados para proteger no sólo la
propia imagen, sino también la de los demás.
Dentro de este sistema la libertad individual es constreñida por
los deberes hacia la familia y la comunidad. La afiliación
grupal es adquirida de nacimiento y no está sujeta a las
preferencias personales. Las relaciones y lealtades primarias,
por ende, son heredadas, dentro del grupo, y con frecuencia para
toda la vida. El concepto abstracto de deber a la comunidad más
amplia, al gobierno y al estado, no es familiar. La ley, como
una noción de justicia independiente, es ajena. Todas las
decisiones son decisiones personales hechas con bases a una
afiliación grupal y favores pasados. Las transacciones son
conducidas no dentro de la estructura protectora del contrato,
sino en base personal y de cara a cara. “El contacto personal”,
la calidad de un contacto sin la mediación de otra persona, es
una palabra adecuadamente aplicada (originalmente por los
franceses) a este tipo de relación.
Dentro de la familia la autoridad paterna es incuestionable, y
este modelo de relación superior-subordinado es copiada en todos
los niveles de la política y la sociedad. Los roles son
atribuidos. Consecuentemente los miembros de sociedades
colectivas aceptan la jerarquía como parte del orden natural de
las cosas y tienen fuerte conciencia del status. La educación no
fomenta la autonomía individual, sino el respeto por la
tradición y la autoridad. La verdad reposa en las tradiciones de
grupo y no ha de ser descubierta por indagaciones intelectuales
aisladas o el toma y dame del debate. La sabiduría y la disputa,
una conjunción occidental esencial, son vistas como antitéticas.
Las acciones que tienden a interrumpir la armonía han de ser
evitadas y aquellas que la promueven, altamente valoradas. La
confrontación es un anatema. El conflicto no es resuelto
acudiendo a los procesos formales de la ley, sino por medio de
un mecanismo de conciliación comunal, relacionado menos con los
principios abstractos de justicia absoluta que con los
requerimientos del mantenimiento de la armonía.
Los roles contrastantes del lenguaje
El contraste en el uso del lenguaje por los Americanos y por los
no Occidentales sigue directamente a la dicotomía
individualidad-interdependencia y tiene grandes implicaciones en
la comunicación intercultural. Basando su tesis en la famosa
dicotomía de Edward T. Hall, Stella Ting-Toomey ve las
interacciones a través de la división entre las culturas de
alto-contexto y de bajo-contexto como particularmente propensas
a confusión. Mientras dicho modelo involucra simplificaciones y
rígidos contrastes, de igual forma es altamente sugerente para
la comprensión de muchos de los problemas que han emergido en
las negociaciones entre Estados Unidos y los no Occidentales.
La comunicación de alto-contexto es asociada con elementos
claves en la ética colectivista descrita anteriormente: los
requerimientos de mantener la imagen y la armonía grupal. Una
cultura de alto-contexto se comunica mediante alusiones y no
directamente. Tan importante como el contenido explícito del
mensaje son el contexto en el cual ocurre, las claves no
verbales del entorno, y pistas de significados. Las personas de
mente interdependiente están vitalmente preocupados por el cómo
son vistos por otros. No hay sanción más severa que la
desaprobación. La pérdida de la imagen (la humillación ante el
grupo) es una penalidad que debe ser evitada a toda costa. Por
otra parte, las prohibiciones tienden a no ser internalizadas y
pueden ser evadidas si nadie está viendo. Por esta razón las
culturas interdependientes pueden ser categorizadas como
orientadas por la vergüenza más que orientadas por la culpa.
Dada la importancia de la imagen, los miembros de culturas
colectivistas son altamente sensibles al efecto de lo que dicen
a los demás. El lenguaje es un instrumento social -un mecanismo
para preservar y promover los intereses sociales a la vez que un
medio de transmisión de información. Las personas de
alto-contexto deben medir sus palabras cuidadosamente. Ellos
saben que todo lo que dicen será escrutado y tomado a pecho. Las
conversaciones cara a cara contienen muchas expresiones
emolientes de respeto y cortesía junto con un elemento real rico
en significado y bajo en redundancia. El ser directo y
especialmente el ser contradictorio es aborrecido. Es difícil
para los interlocutores en este tipo de culturas decir un “no”
directamente. Ellos desean agradar a sus interlocutores, y
prefieren la inexactitud y la evasión a la dolorosa precisión. A
su vez, la preocupación por el efecto social y no sólo con la
transmisión de información, resulta en una propensión hacia la
postura retórica y verbal. El discurso público puede ser rico en
vituperio, pero nada personal es intencionado e implicado en la
hipérbole.
Es difícil para los miembros de una cultura interdependiente el
lidiar con un extraño a su círculo; un gran énfasis es puesto en
el cultivo de una relación personal antes que un intercambio
franco se haga posible. La sincronización del tiempo es
importante. Mucho escudriñar y pequeñas charlas preceden una
petición porque un desaire causa gran vergüenza. Para un
extraño, el individuo de alto-contexto puede parecer poco
sincero, sospechoso y desarriado, pero estos rasgos son
simplemente parte del enchapado de cortesía y de la necesidad de
no ser directo que es esencial para preservar la armonía social.
La desconfianza tampoco es una característica terrible sino es
la manifestación de una precaución natural requerida para lidiar
con miembros de otros grupos. En sus propias sociedades, las
personas interdependientes son receptivas a los significados
ocultos, siempre alerta de las pistas sutiles que se sabe por
experiencia que están potencialmente presentes en el tono de una
conversación y el acompañamiento de expresiones faciales y
gestos corporales (lenguaje corporal) de sus interlocutores.
La cultura de bajo-contexto, ejemplificada por los Estados
Unidos, reserva un rol bastante diferente para el lenguaje. Muy
poco significado está implícito en el contexto de una
articulación. Por el contrario, lo que se ha de decir es
señalado de manera explícita. El no ser directo es despreciado.
La “charla honesta” es admirada. “Ir al grano” es la reacción
del fondo del corazón hacia las pequeñas charlas y las
formulaciones evasivas. La gente tiene poca paciencia o tiempo
el merodeo (irse por las ramas), pero desea entrar de lleno en
el asunto y moverse a otro problema. ¿Por qué perder el tiempo
en trivialidades sociales? Hacer negocios no deber requerir que
los interlocutores sean amigos inseparables. Evidentemente, esta
propensión está asociada a la libertad relativa de las personas
individualistas de las restricciones y protocolos grupales, y su
habilidad para distinguir entre los juegos de roles
profesionales y los sociales.
El lenguaje, por ende, ejecuta en el todo una función
informativa y en lugar de una función de lubricante social. La
precisión (la “verdadera ética”) es la virtud más alta. La
cortesía evidentemente no es evitada, pero la cultura de bajo
contexto casi no ve necesidad de fórmulas ideadas y halagos
verbales. La contradicción no se siente como una ofensa, lo
contrario es el caso, porque la sociedad florece en el debate,
en la persuasión y en la venta dura. La sutileza y las alusiones
en el discurso, si acaso son captadas del todo, tienen poco
propósito. Ni la imagen posee la importancia crucial que tiene
para las culturas de alto-contexto. Un sentido de
responsabilidad internalizada en vez de una preocupación por la
apariencia externa es la regla. Culpa, no vergüenza, es el
precio psicológico a pagar por mala conducta. Uno, por ende, es
menos sensible a lo que otros dicen; se le da poca importancia a
las indirectas y a las alusiones. Las sospechas y una
preocupación excesiva por los significados ocultos son vistos
como algo mórbido. A los gestos no verbales se les presta poca
atención. En el discurso público, aunque hay tradiciones
variantes, el lenguaje se mantiene expositivo y tiene como
intención informar, no impresionar. El contenido es tomado en
serio y la retórica se le considera tediosa. El vituperio es tan
fácil de desechar como el aire caliente.
Conceptos de tiempo monocrónico versus policrónico
El tiempo es crucial en la diplomacia. Grandes juicios tácticos
y estratégicos dependen en suposiciones sobre historia, madurez,
sincronización del tiempo y duración. Al prepararse para una
negociación, uno puede preguntar cosas como estas sobre los
oponentes: ¿Qué tanto pesa el duelo histórico sobre las
relaciones? ¿Qué tan importante para ellos son las
consideraciones de corto alcance versus las de largo alcance?
¿Efectivamente, hasta qué punto planean para el futuro? ¿Guardan
diarios de apuntes? ¿Es la puntualidad importante para ellos?
¿Cuáles son sus modelos de futuros-mejores, más de lo mismo,
teoleológico o cíclico? ¿Cómo perciben el tiempo -como una
carretera que se estrecha a propósito hacia el futuro, o como un
océano solapando hacia todos lados, sin dirección? ¿El “tiempo
está de su lado”? ¿Los ven como una secuencia o como una
confluencia? ¿En qué punto debe ser iniciada una negociación?
¿Cuándo se considera a una disputa madura para la resolución?
¿Cuándo piensan que las propuestas deben ser hechas y a qué
velocidad deben ser ofrecidas las concesiones, si acaso son
ofrecidas? ¿Qué tan pacientes son? ¿Pueden diferir un acuerdo, y
si pueden, por cuánto tiempo? ¿Consideran el tratamiento
expedito del negocio deseable o indeseable? ¿Cuál creen ellos
que es el punto óptimo para realizar su oferta final? ¿Cuál es,
de hecho, el “final” de ellos -o el “comienzo” para los efectos?
Las sociedades tradicionales tienen todo el tiempo del mundo.
Las divisiones arbitrarias del reloj tienen poca importancia
para las culturas enterradas en el ciclo de las estaciones, el
patrón invariable de la vida rural, y el calendario de
festividades religiosas. Para los campesinos, el trabajo
comienza cuando sale el sol, cuando se dirigen a los campos, y
continúa hasta la puesta del sol, cuando emprenden su agotado
regreso a casa. La naturaleza y no el humano, determinará su
día; cada tarea -labrar, sembrar y cosechar- tienen sus
temporadas. La temporalidad es medida en días y semanas , no en
horas y minutos (mucho menos segundos). Los encuentros
personales no se hallan gobernados por horarios mecánicos;
ninguna actividad concebible puede ser más importante que el
contacto humano. La tranquilidad, no la prisa, es la virtud
cardinal. Lo que tiene que ser hecho será hecho al final. Y, en
el plan general de las cosas, donde lo individual cuenta tan
poco ante fuerzas mucho mayores e inexorables, ¿qué puede ser
más inútil que la urgencia?
En algunas áreas de los Estados Unidos, esta aproximación más
pausada del tiempo aún puede ser encontrada, pero en la
metrópolis moderna prevalecen otros hábitos. Hoy en día incluso
la agricultura industrializada requiere de un horario de
producción tan riguroso como el de las fábricas. Desde las
entrañas de la libertad individual y del empeño ha emergido una
sociedad gobernada por un despiadado controlador de tareas -el
reloj. La persona post tradicional corporativa está a su
servicio, su día está segmentado en tareas. El tic tac del reloj
regula todo el trabajo, el juego, la vida familiar y social.
Incluso una reunión entre amigos es medida y limitada por los
imperativos del día a día. “El tiempo es oro,” una comodidad
cuantificable que debe ser asignada con mísera pedantería. En
una cultura individualista como la de los Estados Unidos,
sembrada en la satisfacción personal y en la ética de trabajo,
“hacer las cosas” es el valor prevaleciente, y la vida es un
molino de logros.
Los horarios y las fechas tope aparecen encima de todo. “Un vez
fijado”, Edward T. Hall escribe sobre la aproximación hacia el
tiempo de los americanos, “el horario es casi sagrado, por lo
tanto no sólo es incorrecto, de acuerdo con los dictados
formales de nuestra cultura, el llegar tarde, sino que es una
violación de los patrones informales el seguir cambiando
horarios o citas o desviarse de la agenda.” Profundizando en el
último punto, Hall sugiere que los negociadores americanos fijan
un patrón particular con el arreglo de una agenda y son sacados
de su balance por socios de organización menos meticulosa.
También contrasta la suposición monocrónica americana de que es
mejor lidiar con una persona y un asunto a la vez, con la
disposición no occidental de manejar varias tareas
paralelamente. Así como los hábitos de estos últimos pueden ser
artificiales y molestos para los americanos, la necesidad de
planear todo con antelación puede ser muy peculiar para los no
occidentales.
Junto a esta reglamentación del presente, Hall llama la atención
a aquellos rasgos de la actitud americana hacia la historia que
son muy diferentes a aquellos hallados en las culturas
colectivistas (y en casi todas). Los Estados Unidos- para citar
lo obvio- no es una sociedad tradicional. Los americanos, como
cualquier visitante en Williamsburg discierne, están orgullosos
de su pasado. Pero es un pasado recreado confortablemente, en la
imagen del presente. Las cabañas de los esclavos están ausentes
de las sendas de Williamsburg. Es un pasado aestético, no es un
peso ardiente de amargura. Las tradiciones tienden a ser
contemporáneas. Si el pasado obstruye el progreso, debe ser
descartado. Mañana es más importante. Los Americanos, comenta
Hall, “son orientadas casi enteramente hacia el futuro. Nos
gustan las cosas nuevas y nos preocupa el cambio. Queremos saber
como superar la resistencia al cambio.”
Los americanos, entonces, están más preocupados por dirigirse a
asuntos inmediatos y por moverse a nuevos retos, y demuestran
escaso interés por (y a veces escaso conocimiento de ) la
historia. La idea de que algo que ha ocurrido hace cien años
puede ser relevante a un problema actual es casi incomprensible.
Un sentido de la historia no es de ninguna forma una
calificación para el servicio público. En un marcado contraste,
los representantes de sociedades no occidentales poseen un
sentido permanente del pasado. Tienden a albergar viejos
recuerdos de su tratamiento a manos de Estados Unidos y del
Oeste en general. Esta preocupación con la historia,
profundamente enraizada en la conciencia de las sociedades
tradicionales, no puede dejar de influenciar la diplomacia. Las
humillaciones sufridas por estas sociedades (que son
extremadamente sensibles hacia cualquier desliz en su
reputación) no están consignadas a los archivos sino que
continúan nutriendo preocupaciones actuales. Para anticipar uno
de mis descubrimientos, los diplomáticos Americanos usualmente
se asombran ante lo que parece ser la obsesión inapropiada e
irrelevante de los otros con la historia “antigua”. Los
mexicanos, por ejemplo, nunca le han permitido a los
diplomáticos americanos olvidar la pérdida de los territorios
norteños de México en el siglo XIX, y casos subsecuentes de
intervenciones estadounidenses. Los negociadores chinos,
egipcios, hindúes, y japoneses también están altamente
conscientes de los horrores racistas e imperialistas a los
cuales sus naciones fueron sometidos en la época colonial.
En la sociedad americana, con sus diarios y horarios, el negocio
del gobierno es un asunto regimentado. El monocronismo prueba
ser supremo. A pesar de la preocupación de la Casa Blanca y del
Congreso por las relaciones públicas, con frecuencia hay
desacato hacia los mensajes que el tiempo acarrea. En 1989 el
New York Times publicó una fotografía reveladora mostrando al
presidente Miterrand de Francia sentado en un podio, habiendo
acabado de leer un decreto en la conclusión de una conferencia.
A su lado el Presidente Bush se había puesto de pie y mirando
ansiosamente su reloj. El tiempo llama, hacia la próxima
capital. Si es martes, debe ser Bonn. Unos pocos momentos extras
hubiesen favorecido una salida más agraciada.
Estilos de negociación de alto-contexto versus los de
bajo-contexto
Las dicotomías culturales, lingüísticas y temporales descritas
anteriormente generan dos ethos de negociantes diferentes, en
los niveles conceptuales y prácticos: los estilos de
bajo-contexto (individualista) y de alto-contexto
(interdependiente-colectivista). Como he discutido ampliamente,
la comunicación sin obstáculos se basa en que el emisor y el
receptor posean las mismas suposiciones. Exactamente el mismo
principio se aplica a la negociación sin obstáculos: las
propuestas de negociaciones son simplemente un caso especial de
mensajes comunicados.
Los elementos que obstaculizan la negociación serán discutidos
en los capítulos siguientes. Pero primero, ayudará el señalar
los rasgos característicos de la aproximación americana a la
negociación que más la distingue de las otras. Mushakoji Kinhide,
un notorio politólogo japonés, cree que la incompatibilidad
básica entre los negociadores americanos y japoneses (que él,
como muchos otros observadores japoneses, consideran
virtualmente axiomática) deriva de una diferencia filosófica
fundamental de puntos de vista sobre las relaciones entre los
seres humanos y su ambiente. El estilo erabi americano
(manipulador, autosuficiente, o disponedor), él argumenta, está
fundado en la creencia de que “el hombre puede manipular
libremente su entorno para sus propios propósitos. Esta visión
implica una secuencia de comportamiento en la cual una persona
plantea su objetivo, desarrolla su plan diseñado para alcanzar
ese objetivo, y luego actúa para cambiar el entorno de acuerdo a
ese plan”. Poca atención le presta el negociador erabi, de
acuerdo a Kinhide, a la necesidad de cultivar relaciones
personales o a circunstancias especiales. Las opciones son “o
uno o lo otro” y se seleccionan solamente sobre la base de
criterios instrumentales o medios-fines.
En oposición al espíritu de poder-hacer está el estilo awase
japonés (adaptativo), que “rechaza la idea de que el hombre
puede manipular su entorno y asume la postura de que se adapta a
él”. Las decisiones excesivamente simplificadas, dicotómicas son
evadidas. El mundo es visto como un lugar complejo y ambígüo.
Las generalizaciones desmembradas hacen reverencias a los
imperativos de las relaciones personales. Los factores
subjetivos -la apelación a las obligaciones pasadas y la
petición de favores presentes- figuran prominentemente. Una
negociación awase, por ende, ejemplifica la calidad de
frontalidad que hemos visto como un elemento tan importante de
las culturas interdependientes. Las realidades sociales y las
circunstancias concretas se asoman ampliamente. La negociación
no es un fin en sí mismo, que debe ser tratado aisladamente,
sino un episodio sencillamente dentro de una relación que está
ocurriendo. La implicación es que la sabiduría a corto plazo
puede ser tontería de largo plazo.
Dado eso Kinhide estaba dirigiéndose particularmente a las
relaciones entre Estados Unidos y Japón (y ciertos rasgos del
comportamiento negociador de Japón son particulares a ese país),
la dicotomía que presenta entre los modelos autosuficientes y
los adaptables puede ser generalmente aplicables a las
negociaciones entre Estados Unidos y los países no occidentales
examinadas aquí.
Su caracterización de los estilos de negociación de Estados
Unidos ciertamente no sólo es cónsona con los rasgos principales
de la cultura americana, sino que también con ese pragmatismo
ubicuo que Stanley Hoffmann halló como característico de la
política exterior de Estados Unidos. Fundamentado en la
experiencia pionera de una nación joven y en expansión que había
tomado y subyugado la fuerza natural de un continente, los
americanos vieron de manera igual todo problema, material y
social, tan dócil como una solución tecnológica o de ingeniería.
Para una sociedad supremamente confiada en sus metas y
valores-de hecho estas eran verdades evidentes- los medios, no
los fines, se convirtieron en el foco de atención. En la esfera
de la política exterior, Hoffmann cree, “los asuntos políticos
tienden, primero, a estar fragmentados en componentes cada uno
de los cuales será susceptible a técnicas de expertos y,
segundo, a ser reducidos a un conjunto de problemas técnicos que
serán manejados por instrumentos que están equipados para lidiar
con obstáculos materiales pero no para lidiar con los obstáculos
sociales.”
La caracterización que hace Hoffmann del estilo de negociación
americano se puede ver en la literatura teórica sobre la
negociación producida en los Estados Unidos. Una literatura
completa acerca de “cómo negociar”, cuyos principios guías son
manipulativos e instrumentales, llenan las librerías. El Arte y
Ciencia de la Negociación de Howard Raiffa es el mejor de este
tipo, demuestra como el negociador puede dividir el problema en
pequeños componentes, evaluar el costo y beneficio relativo de
varias opciones de negociación y llegar a una solución que puede
maximizar los pagos de ambas partes. Roger Fisher y William Ury,
en su inmensamente exitoso libro, “Obtenga el si”, proponen una
variedad de técnicas muy creativas para resolver problemas
orientadas a facilitar resultados eficientes y rápidos que
dejarán a todo el mundo contento. Zartman y Berman, al enfatizar
la diferencia central del estilo manipulativo (extraña al estilo
adaptativo), nos piden que “recordemos que es el problema y no
el oponente el enemigo a quien debemos superar. Es el problema
que evita una buena y beneficiosa relación y el que amarga la
percepción que la otra parte tiene de la situación
(incluyéndonos a nosotros), por lo tanto la otra parte necesita
ayuda para resolver el problema, muy a menudo en contra de su
propia voluntad y percepción.”
Sospecho, que los negociadores no occidentales, pueden
cuestionar seriamente el orden de prioridades en esta última
afirmación. Lo más seguro es que resientan la actitud
condescendiente que refleja. En los próximos capítulos la
validez intercultural del paradigma puedo hacer (can do),
solucionador de problemas se pondrá a prueba. En pocas palabras,
¿existe un modelo de negociación internacional de aplicación
universal?.
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