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EVOLUCIÓN DE LA
COOPERACIÓN
Por Robert Axelrod
Muchos filósofos han encarado la añeja pregunta de cómo
resolver los conflictos que surgen de la naturaleza del hombre
como animal social. Aquí, Robert Axelrod usa una computadora
para ahondar en un juego clásico cuya premisa es que los
jugadores deben elegir entre ayudarse o traicionarse entre sí.
Él encuentra que, a falta de autoridad central, la cooperación
basada en el interés personal surge naturalmente entre los
jugadores; este es un modelo para muchos tipos de interacción en
el mundo real.
Axelrod es profesor de ciencias políticas y política pública en
la Universidad de Michigan. Su libro anterior, The Structure of
Decisión: The Cognitive Maps of Political Elites (La estructura
de la decisión: mapas cognoscitivos de las élites políticas),
fue publicado en 1976.
¿En que
condiciones surgirá la cooperación en un mundo de egoístas sin
autoridad central? Esta pregunta ha intrigado a la gente durante
largo tiempo y por una buena razón. Todos sabemos que los
humanos no somos ángeles y que solemos ver primero por nosotros
y por lo nuestro. Sin embargo, también sabemos que la
cooperación existe y que nuestra civilización se basa en ella.
No obstante, en las situaciones donde cada individuo tiene un
incentivo para ser egoísta, ¿cómo puede llegar a desarrollarse
la cooperación?
La respuesta más famosa la dio Tomas Hobbes hace mas de 300 años
y fue pesimista. Él afirmó que, antes que existieran los
gobiernos, el ambiente natural estaba dominado por los
individuos egoístas, que competían en condiciones tan crueles
que la vida era “solitaria, pobre, desagradable, brutal y
corta”. En su opinión, la cooperación no puede desarrollarse sin
una autoridad central y, por consiguiente, es necesario un
gobierno firme. Desde entonces, las discusiones sobre el alcance
adecuado del gobierno se han concentrado en determinar si cabe
esperar o no que surja la cooperación en un dominio particular
donde no hay una autoridad que vigile la situación.
Hoy día, las naciones interactúan sin una autoridad central. Por
tanto, las condiciones para que surja la cooperación son
pertinentes en muchos de los aspectos centrales de la política
internacional. El problema más importante es el dilema de la
seguridad: las naciones suelen buscar su propia seguridad por
medios que amenazan la seguridad de los demás. Este problema se
presenta en esferas tales como la intensificación de conflictos
locales y la carrera armamentista. Problemas afines ocurren en
las relaciones internacionales en forma de competencia dentro de
las alianzas, negociaciones arancelarias y conflictos étnicos
dentro de los países.
En la vida diaria encaramos también muchos dilemas de elección.
Por ejemplo, podemos preguntarnos cuántas veces podemos invitar
a cenar a nuestros conocidos si ellos nunca nos invitan en
reciprocidad. El ejecutivo de una organización le hace favores a
otro ejecutivo a fin de obtener favores a cambio. El periodista
que ha recibido una historia noticiosa filtrada da la debida
protección a la fuente, con la esperanza de que se produzcan
otras filtraciones. Una empresa comercial de una industria que
sólo tiene una compañía competidora importante cobra precios
altos, para ventaja de ambas y a expensas del consumidor.
Para mí, un caso típico del surgimiento de la cooperación es el
desarrollo de pautas de comportamiento en un cuerpo legislativo
como el Senado de los EUA. Cada senador tiene el incentivo de
parecerles eficaz a sus electores, aun a expensas de entrar en
conflicto con otros senadores que también tratan de parecer
eficaces ante sus electores. Sin embargo, difícilmente es esta
una situación de intereses en completa oposición, un juego de
ganadores y perdedoras. Por el contrario, hay muchas
oportunidades para las actividades de mucho provecho entre dos
senadores. Estas acciones de mutuo beneficio han conducido a la
creación de un conjunto complejo de normas, o costumbres en el
Senado. Entre las más importantes está la norma de la
reciprocidad, una costumbre que incluye la ayuda a un colega y
la reciprocidad, en especie. Incluye el canje de votos, pero
abarca tantos tipos de comportamiento en provecho mutuo que,
como lo plantea un politólogo, “ la reciprocidad es una forma de
vida en el Senado”
Una teoría de la cooperación para explicar este comportamiento
se basaría en la investigación de individuos que persiguen su
propio interés sin la ayuda de una autoridad central que los
obligue a cooperar entre sí. La razón para suponer el egoísmo es
que permite examinar el caso difícil en que la cooperación no se
basa completamente en la preocupación por los demás o en el
bienestar del grupo en conjunto.
Un buen ejemplo del problema fundamental de la cooperación es el
caso en que dos naciones industriales han levantado barreras
comerciales mutuas a sus exportaciones. Debido a las ventajas
recíprocas del libre comercio, a ambos países les iría mejor si
se eliminaran estas barreras. Sin embargo, si uno de los países
eliminara unilateralmente sus barreras, se encontraría de cara a
condiciones de comercio que perjudicarían su propia economía. De
hecho, sin importar lo que haga un país, el otro estará en mejor
situación si conserva sus propias barreras comerciales. Por
tanto, el problema es que cada país tiene un incentivo para
conservar sus barreras comerciales, lo cual produce un resultado
peor de lo que hubiese sido posible si ambos países hubieran
cooperado entre sí.
Este problema básico se presenta cuando cada uno busca el
interés propio y logra un resultado insatisfactorio para todos.
A fin de entender la vasta gama de situaciones específicas como
ésta, se necesita una forma de representar lo que tienen en
común, sin entretenerse en los detalles singulares de cada una.
Afortunadamente, existe esa representación: el famoso juego del
Dilema del Prisionero, inventado hacia 1950 por dos científicos
de RAND Corporation.
En ese juego participan dos personas. Cada una tiene dos
opciones: “cooperar” o “abandonar”. Cada una debe hacer la
elección sin saber lo que hará la otra. Independientemente de lo
que haga el otro jugador, el abandono reditúa mas que la
cooperación. El dilema es que, si ambos abandonan, a ambos les
va peor que si hubieran cooperado. Al juego se le llama el
Dilema del Prisionero porque, en su forma original, los dos
prisioneros confrontan la opción de informar al otro o quedarse
callado.
Aquí se muestra la mecánica del juego. Un jugador selecciona una
hilera, ya sea cooperando o abandonando. Al mismo tiempo, el
otro elige una columna, también cooperando o abandonando.
Juntas, estas elecciones dan uno de los cuatro resultados
posibles que se muestran en esa matriz. Si ambos jugadores
cooperan, a ambos les va bastante bien. Ambos obtienen R, la
recompensa por la cooperación mutua. En el ejemplo concreto
presentado aquí, la recompensa es de tres puntos. Este número
podría ser, digamos, una recompensa en dólares que cada jugador
recibiría por el resultado. Si un jugador coopera y el otro
abandona, el segundo tiene la tentación de abandonar, mientras
que el jugador que cooperó recibe la recompensa del incauto. En
el ejemplo, Estas tienen un valor de cinco y cero puntos
respectivamente. Si ambos abandonan, ambos reciben un punto, el
castigo por abandono mutuo.
El Dilema del Prisionero
| |
|
Jugador de
las Columnas |
|
Jugador
de las
filas |
|
Cooperar |
Abandonar |
|
Cooperar |
R=3, R=3
Recompensa por cooperación mutua |
S=0, T=5
Recompensa del incauto y tentación de
abandonar |
|
Abandonar |
T=5, S=0
Tentación de abandonar y recompensa del
incauto |
P=1, P=1
Castigo por abandono mutuo |
¿Qué debe hacerse en ese juego? Supongamos que usted, el jugador
de las hileras, piensa que el jugador de las columnas cooperará.
Usted tiene una disyuntiva: puede cooperar también, con lo cual
recibe los tres puntos de la recompensa por cooperación mutua, o
bien puede abandonar, recibiendo los cinco puntos de la
recompensa de tentación. Por tanto, le conviene abandonar si
piensa que el otro jugador cooperará. Sin embargo supongamos que
usted piensa que el otro jugador abandonará. Ahora usted se
encuentra en la segunda columna y tiene la alternativa entre
cooperar, lo cual lo haría un incauto y lo dejaría sin puntos, y
abandonar, lo cual ocasionaría un mutuo castigo que le daría un
punto. Por ende, le conviene abandonar si piensa que el otro
jugador abandonará. Esto significa que es mejor abandonar si uno
piensa que el otro jugador cooperará, y es mejor abandonar si
piensa que el otro abandonará. Así pues, no importa que haga el
otro jugador, a usted le conviene abandonar.
Hasta allí todo va bien. No obstante, la misma lógica se aplica
también al otro jugador. Por tanto, él abandonará, sin importar
lo que se espere que usted haga. Así pues, ambos abandonarán,
pero entonces ambos tienen un punto, lo cual es menos bueno que
los tres puntos de recompensa que ambos podían haber obtenido si
hubiesen cooperado simultáneamente. La racionalidad individual
los lleva a los dos a un resultado peor que el otro resultado
posible. He aquí el dilema.
El Dilema del Prisionero es simplemente una formulación
abstracta de algunas situaciones muy comunes e interesantes
donde la conveniencia propia de cada persona provoca el abandono
mutuo, aun cuando todos se habrían beneficiado más con la
cooperación mutua.
Así pues, dos egoístas que intervengan una sola vez en el juego
escogerán el abandono y cada uno obtiene menos de lo que podrían
haber conseguido si ambos hubieran cooperado. Si el juego se
realiza un número de veces finito y conocido, los jugadores
seguirán careciendo de un estimulo para cooperar. Esto se aplica
sin duda a la última jugada pues no hay un futuro en que ésta
vaya a influir. En la penúltima jugada, ningún jugador tendrá un
estímulo para cooperar, puesto que ambos pueden prever el
abandono del otro en la última jugada. Esta forma de
racionamiento indica que el juego permanecerá igual,
remontándose hasta el abandono mutuo en la primera jugada de
cualquier secuencia que tenga una duración finita y conocida.
Sin embargo, este racionamiento no se aplica si los jugadores
interactúan un número indefinido de veces. Es el caso que, en la
mayoría de los ambientes objetivos, los jugadores no pueden
estar seguros de cuándo ocurrirá la ultima interacción entre
ellos. Ante un número indefinido de interacciones, puede surgir
la cooperación. Así pues, el asunto se convierte en el
descubrimiento de las condiciones precisas que son necesarias y
suficientes para que surja dicha cooperación.
La primera pregunta que nos sentimos tentados a hacer en esta
situación es: “¿Cuál resulta ser la estrategia óptima?”. En
otras palabras, ¿qué estrategia le redituará al jugador la
puntación más alta posible? Esta es una buena pregunta, pero no
existe regla alguna, independientemente de la estrategia que
utilice el otro jugador. En esta sentido, el Dilema del
Prisionero reiterado es del todo diferente de un juego como el
ajedrez. Un maestro de ajedrez puede suponer con seguridad que
el otro jugador hará la jugada mas temida. Esta suposición
constituye la base de todos los planes en el ajedrez, donde los
intereses de los jugadores están en pleno antagonismo. Sin
embargo, las situaciones que representa el juego del Dilema del
Prisionero son muy distintas; aquí, los intereses de los
jugadores no están en conflicto total. Ambos jugadores pueden
beneficiarse con la recompensa R por cooperación mutua o ambos
pueden tener malos resultados con la penalización P por abandono
mutuo. Basarse en la suposición de que el otro jugador siempre
hará la jugada que uno mas teme implica especular que el otro
nunca cooperará, lo cual insta al primero a abandonar,
provocándose así una serie interminable de penalizaciones. Por
tanto, a diferencia del ajedrez, en el Dilema del Prisionero no
es seguro suponer que el otro jugador quiere perjudicarnos.
De hecho, la estrategia que funciona mejor en el Dilema del
Prisionero depende directamente de la estrategia que el otro
jugador emplee y, en particular, de que ésta permita el
desarrollo de la cooperación mutua. En otras palabras, el futuro
tiene mucha importancia en el cálculo de la recompensa total.
Después de todo, si es poco probable que usted se vuelva a
encontrar con la otra persona o si le tiene sin cuidado las
futuras recompensas, podrá abandonar ahora sin preocuparse por
las consecuencias para el futuro.
Antes de proceder al estudio del comportamiento que cabe esperar
en el futuro próximo, es conveniente observar más de cerca las
características de la realidad que el marco del Dilema del
Prisionero puede y no puede abarcar. Afortunadamente, la
simplicidad misma de tal marco permite evitar muchas
suposiciones restrictivas que en otras condiciones limitarían el
análisis:
1. Las recompensas de los jugadores no tienen que ser
comparables forzosamente. Por ejemplo, un periodista podría
verse recompensado con una nueva información confidencial,
mientras que el burócrata que coopera con él podría tener como
recompensa la oportunidad de que un argumento de política sea
presentado bajo una luz favorable.
2. La cooperación no forzosamente debe ser considerada
apetecible desde el punto de vista del resto de mundo. En
ocasiones se desearía retrasar, y no fomentar, la cooperación
entre los jugadores. Las prácticas comerciales de colusión son
benéficas para las compañías involucradas, pero no lo son tanto
para el resto de la sociedad. En realidad, la mayoría de las
formas de corrupción son casos de cooperación vistos con
beneplácito por los participantes, pero no por todos los demás.
3. No hay por qué suponer que los jugadores aplican siempre la
lógica: no necesariamente tratan de maximizar sus réditos. Es
posible que sus estrategias reflejen simplemente procedimientos
de operación uniformes, reglas prácticas, instintos, hábitos o
imitación.
4. Las acciones de los jugadores no siempre son siquiera
decisiones conscientes. La persona que a veces devuelve un favor
y en otras ocasiones no lo hace, puede no pensar en qué
estrategia esta utilizando. No hay por que suponer que las
elecciones son deliberadas.
El contexto es lo bastante amplio para incluir en él no sólo
personas, sino también naciones y bacterias. Sin duda, las
naciones toman medidas que pueden interpretarse como decisiones
en un Dilema del Prisionero, tales como el alza y reducción de
los aranceles. No se debe suponer que tales acciones sean
racionales o el resultado de un actor unificado que persigue una
sola meta. Por el contrario, bien podrían ser fruto de una
política burocrática increíblemente compleja, que incluye el
procesamiento de información complicada y modificaciones en las
coaliciones políticas.
Así mismo, en el otro extremo, un organismo no necesita tener
cerebro para intervenir en el juego. Por ejemplo, las bacterias
son muy sensibles a determinados aspectos de su entorno químico.
Por tanto, pueden responder específicamente a lo que otros
organismos hacen, y estas estrategias de condicionamiento pueden
heredarse. Más aún, el comportamiento de una bacteria puede
influir en la adecuación de los demás organismos circundantes,
igual que el comportamiento de otros organismos puede afectar la
adecuación de ella.
Desde luego, la formulación abstracta del problema de la
cooperación como un Dilema del Prisionero excluye muchas
características vitales que hacen de cualquier interacción real
un caso único. Entre lo que queda excluido por esta abstracción
formal, figuran la posibilidad de la comunicación verbal, la
influencia directa de terceros, los problemas de poner en
práctica una decisión y la incertidumbre de lo que el otro
jugador hizo en realidad en la jugada precedente. Claro está que
ninguna persona inteligente debe tomar una decisión importante
sin tomar en cuenta esos factores que complican la situación. El
valor de un análisis que prescinde de éstos estriba en que puede
ayudar a esclarecer algunos rasgos sutiles de la interacción
(rasgos que podrían perderse en el laberinto de complejidades
que se presentan en las circunstancias muy particulares en que
realmente debe hacerse la elección).
A fin de encontrar una buena estrategia, aplicable a tales
situaciones, invité a expertos en la teoría de los juegos a que
presentaran programas destinados a un torneo computarizado de
Dilema del Prisionero, muy parecido a los torneos de ajedrez por
computadora. Cada una de estas estrategias fue comparada con
todas las demás para determinar cuál de ellas producía el mejor
rendimiento general. Lo más sorprendente fue que resulto
triunfadora la más sencilla de las estrategias propuestas. Ésta
era la TIT FOR TAT, que consiste en cooperar en la primera
jugada y después hacer lo que haya hecho el otro jugador en la
jugada previa. Se efectuó una segunda ronda del torneo, con un
número mucho mayor de propuestas de aficionados y profesionales
por igual, todos los cuales conocían los resultados de la
primera ronda. El resultado fue otra victoria para el TIT FOR
TAT. El análisis de los datos obtenidos en esos torneos revela
cuatro propiedades que contribuyen al éxito de una estrategia
evitar el conflicto innecesario cooperando mientras lo hago el
otro jugador; conservar la facultad de lanzar una provocación en
caso de abandono injustificado del otro; conceder el perdón
después de responder a una provocación; y claridad en las pautas
de comportamiento, de modo que el otro jugador pueda adaptarse
al propio sistema de acción.
Los resultados de estos torneos demuestran que, en condiciones
adecuadas, la cooperación puede surgir en un mundo de egoístas
sin autoridad central. La evolución de la cooperación requiere
que los individuos tengan probabilidades suficientemente grandes
de volver a alterar entre sí, para que puedan tener interés en
su interacción futura. Si esto es cierto, la cooperación puede
desarrollarse en tres etapas:
1. El comienzo de la historia es que la cooperación puede
iniciarse aun en un mundo de abandono incondicional. El
desarrollo no puede ocurrir si sólo lo intentan individuos
dispersos que prácticamente no tienen oportunidad de interactuar
entre sí. Sin embargo, la cooperación puede surgir de pequeños
grupos de individuos que basan su cooperación en la reciprocidad
y que realizan entre ellos mismos una parte (aun pequeña) de sus
interacciones.
2. La parte media de la historia es que una estrategia basada en
la reciprocidad puede prosperar en un mundo donde se aplican
muchas estrategias diferentes.
3. El final de la historia es que la cooperación, una vez que se
establece sobre la base de la reciprocidad, puede protegerse de
la invasión de estrategias menos cooperativas. Así, las ruedas
de engranaje de la evolución social tienen una cremallera.
Una demostración concreta de esta teoría en el mundo real es el
caso fascinante del sistema de “vivir y dejar vivir”, que
apareció durante la guerra de trincheras en la Primera Guerra
Mundial. En medio de aquel amargo conflicto, los soldados del
frente se abstenían a menudo de tirar a matar, siempre que su
abstención fuera correspondida por los soldados del otro bando.
Lo que hizo posible el refrenamiento mutuo fue el carácter
estático de la guerra de trincheras, en la cual las mismas
unidades pequeñas se enfrentaban durante períodos prolongados.
Los soldados de esas pequeñas unidades opositoras desobedecían
en realidad a las órdenes de su alto mando, a fin de lograr
dicha cooperación tácita con el enemigo. Un análisis detallado
de este caso muestra que, cuando existen las condiciones
propicias para que surja la cooperación, ésta puede iniciarse y
mantenerse estable aun en situaciones que, en otras
circunstancias, parecerían muy poco prometedoras. En particular,
el sistema de “vivir y dejar vivir” demuestra que la amistad
difícilmente es imprescindible para el desarrollo de la
cooperación. En condiciones apropiadas, la cooperación basada en
la reciprocidad puede desarrollarse incluso entre antagonistas.
Aun cuando la previsión no es imprescindible para que evolucione
la cooperación, sin duda puede resultar útil. Desde el punto de
vista del participante, su objetivo es obtener el mayor provecho
posible, sin importar qué tanto se beneficie el otro jugador. A
juzgar por los resultados del torneo, es posible ofrecer cuatro
sencillas sugerencias para orientar a los individuos en sus
decisiones: no envidiar el éxito del otro jugador; no ser el
primero en abandonar; reciprocar la cooperación y el abandono; y
no pasarse de listo.
El meollo del problema de cómo lograr beneficios de la
cooperación consiste en que el método de aprendizaje por tanteos
es lento y arduo. Todas las condiciones pueden ser favorables
para los acontecimientos a largo plazo, pero es factible que no
tengamos tiempo para esperar que esos oscuros procesos nos
lleven lentamente hacia estrategias de mutuo provecho, basadas
en la reciprocidad, Tal vez si entendemos mejor el proceso,
podamos usar nuestra previsión para acelerar la evolución de la
cooperación.
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